lunes, 14 de mayo de 2018

La mujer de las mil caras de Hollywood


Con la mirada altiva, por encima del hombro, del estilo de Elizabeth Taylor en “Cleopatra”, fue como la conocí. Rodeada de sus compañeras de escena, riendo y dejando su mano a medio caer, mientras bromeaba con cursilerías propias de la edad y del colegio en el que estaba, una Sandy (Olivia Newton-John) en el instituto de Rydell High School, pero con Marcelo Spínola. Me di cuenta de su tirantez de niña de colegio de pago y la ironía constante de Kate Capshaw en “El Templo Maldito”. Me encanta ese humor. Al tiempo, se convirtió en Madeleine, o en Judy Barton, esa mujer que aparecía allá por donde iba el detective John 'Scottie' Ferguson. Al igual que Kim Novak, mi chica se me aparecía por todos lados y su sonrisa la veía donde no debía.

La besé. Tardé en besarla, pero la besé. Aquella mirada fija, sin sonrisa y los ojos oscuros de Natalie Portman, felices mientras que escondían algo de tristeza. Fue un beso intenso, como el de Deborah Kerr y Robert Taylor, mientras Roma ardía y caía a sus espaldas. Su piel clara y su melena me hacían sentir con calma, distinto a lo que por fuera vivía. Y aunque sus dos años por delante de mí la convertían en una mujer madura del mundo audiovisual, su inocencia y la cara sonriente y juvenil de Judy Garland la convertían en una pequeña niña frágil y adorable.

Vivimos los años juntos, a veces con más alegrías, tornando su faz a la de Katharine Hepburn desayunando en la puerta de un Tifanny´s; y a veces con más “dolores”, convirtiéndose en una Bette Davis en “Eva al desnudo”. O incluso peor, la hermana de baby Jane, cuando se da cuenta de que quien le intenta arruinar la vida es de su propia sangre. Pero siempre, la solución para volver a poner las aguas tranquilas era simplemente vernos. Su mirada, a veces impaciente, a veces intranquila y a veces soñolienta, me hacía respirar aire puro, aire fresco. Conseguía pasear en la tranquilidad de mis pensamientos al acercarme a su pecho, a su corazón. La calma de Diane Keaton en cada película de Woody Allen, la inspiración que provoca en cualquier personaje masculino. La madurez, la mujer, y la sencillez aparente de Mia Farrow. Y la sensualidad, escondida debajo de muchas capas de cebolla de mujer, hacían de Raquel Welch y Brigitte Bardot las protagonistas de su cuerpo, en esas noches en las que pude -y puedo seguir, ahora más que nunca- disfrutar de su cintura, mientras desaparecían las mujeres que estaban cubriéndola de prejuicios y miedos absurdos por fuera de su ser.

Así, junto a una claqueta negra y de colorines, repitiendo las escenas cuantas veces haga falta y sonriendo a la cámara, me casaré con esa musa del cine, esa mujer que entre cajas negras empezamos escondiendo nuestro secreto y que cada día tengo la suerte de verla a mi lado. Esa mujer que no llegó a trabajar nunca en el cine, pero se ha convertido en la protagonista de mi película favorita, la mujer de las mil caras de Hollywood.

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