Nadie había visto nada. Nadie sabía nada. Para todo el mundo fue una sorpresa desagradable como las que solo saben dar los médicos de algunas especialidades. "Estar en shock", llegó a decir algún famoso.

Los periodistas, expertos en gestionar la realidad por ti, fríos, dieron la noticia hasta los últimos detalles que encontraron, o recibieron. A uno de ellos se le ocurrió hablar del tema mucho antes, en petit comité para no perder el puesto, pero lo llamaron aguafiestas, se rieron de él; lo apartaron, que no molestase. Después de saltar la noticia, parecía un fichaje estrella en la oficina.

Los políticos no se posicionaron; el nombre superaba ideologías y el miedo a ser impopular creció tanto como echar abajo una de sus banderas. La verdad no siempre es válida y, en política, la indignación moral no sirve de nada. Pero, bueno, nadie recuerda políticos valientes.

Si el hombre es un lobo para el hombre, qué fueron esas mujeres que negaron el cataclismo de otra mujer.

Hubo quienes, entrecejo apretado, dijeron "¿Nadie sabía nada?", que nos provocó una mueca sarcástica a más de uno y sonrisa de payaso triste a otros, que reían y menospreciaban la noticia y la trivializaban con un "Por Dios, si todo el mundo lo sabia"... Y estos tenían parte de razón, porque algunos empezaron a recordar: se acordaron de que una vez algo ocurrió, y que fueron más veces, también; la memoria, como si fuera el primer vagón, arrastró al resto de vagones hasta llegar a la estación del entendimiento. Recordaron que siempre se quitaba hierro al asunto, como en esas cosas que pasan en los pueblos, pero "que eso ha pasado siempre" y se cerraba el cajón de los asuntos escondidos.

 

 No, en realidad no era una sorpresa; la sorpresa fue que alguien lo publicase, que alguien diera la cara para que se la partiesen -que ironía- y que algunos reconocieran el error. No, el mundo no está ciego, nunca lo ha estado. Además, la ceguera no evita poder oler ese tufillo a whisky ni oír los clamores del pobre gato encerrado; esos desgraciados gatos siempre corren la misma mala suerte.

El mundo no está ciego, el mundo tiene una venda; una venda que se quita cuando quiere. Lo que pasa es que hay gente que la necesita para seguir comiendo, sin que le entren arcadas y asco; otros necesitan la venda para no tener que pensar, construir una mentira es más fácil que destrozarla. Otros no se la quitaron por simple hipocresía, encantados de alzar himnos bien rimados que le construyeran un ideal, sin haber leído lo suficiente.

No, el mundo no es ciego, ni lo está, solo es que prefiere apretarse el nudo de la venda que tener que darse cuenta de la realidad.

 

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